Prescripción

Viernes

Era una de esas tardes de viernes cuando la suave generosidad del clima mediterráneo, en vez de hacerme feliz, me volvía loca. Se supone que la luz del sol nos induce alegría, puesto que facilita la absorción de la vitamina D, pero, en mi caso, la „d”, procedía de la palabra „depresión”.

¿Cómo mantenerme tranquila, mientras la gente paseaba admirando el mar, y yo, igual que una muñeca de escaparate, guardando un ojo sobre el Mediterráneo, esperaba ansiosa que llegaría la hora de cerrar nuestra oficina? Esta situación siempre me parecía injusta.

En aquellos momentos, mis deseos de libertad eran mucho más fuertes que el aparente privilegio de tener un puesto de trabajo en un sitio tan hermoso. Tal vez la única consolación era el hecho que el fin de semana estaba a punto de llegar, fueran cual fuesen las desagradables tareas que me esperaban en casa. Ansiosa de cerrar la puerta de la inmobiliaria, aburrida, yo me dejaba llevar por mis pensamientos hacía lugares remotos, por doquier.

Como si Satán mismo hubiera leído mis pensamientos, un chico se asomó en la puerta. Desde el primer momento supe que no era un cliente habitual. No tenía el aspeto de una persona interesada en comprar o vender alguna casa. El joven,vestido modestamente, tenía en sus manos un prospecto.

Se acercó, mostrando la alegría exagerada de aquellos vendedores ambulantes que se esfuerzan mucho para venderte algo que no necesitabas. A mi evidente mala leche no le prestaba ninguna atención.

Como si no sería suficiente, cuando abrió su boca, me vi obligada de constatar con estupor que tenía una grave deficiencia de hablar. Puesto que el pobre joven parecía descapacitado desde su nacimiento, pensé que tan castigo será suficiente para su desgracia, así que decidí suprimir mis resentimientos y traté de deshacerme de él con cortesía. Hice un esfuerzo para comprender lo que decía, pero él, sin embargo, no tenía prisa de marcharse.

Preparada de hacer frente estoicamente a su asalto, le eché la más repelente mirada que pude, deplorando aún más mi situación.

Sin parecerse a la mayoría de los vendedores ambulantes, que suelen aprovecharse del momento de sorpresa y confusión del primer contacto para empezar un extenso monólogo promocional, éste chico daba la impresión de que esperaba una pregunta de mí parte. Me miraba con intensidad no disimulada. Yo, sintiéndome pillada, me apuré a cerrar la pequeña ventana entreabierta de mis pensamientos. Convencida de que mi imaginación me estaba jugando una mala pasada, proyectando reflexiones profundas sobre un hombre de la calle, rechacé mi sospecha incomoda y, calmadamante, le pregunté que busca.

Deberías tomarte tiempo para pasar un poco por la naturaleza, me díjo con una familiaridad que de repente me cayó mal.

¿Quién pensaba que era este tío? Ya había conseguido llevarme a punto de estallar.

  • ¡No creo que sea asunto tuyo!, le respondí. Luego elevé la voz, descargando mi frustración acumulada. ¿Quieres ganar mi confianza, quizás para venderme una aspiradora?

Claro que el chico había tocado un punto dolorido en mi alma. Yo tenía realmente ganas de salir, de sentirme libre,  ¿pero cómo sabía él de mi pasión por el senderismo?

Pacientemente y con evidente esfuerzo en articularse me explicó que por culpa de su discapacidad había llegado a desarrollar una sensibilidad particular, una estrategia de compensación, manifestada en un exagerado afilamiento de sus sentidos. Aprendió a interpretar el lenguaje no verbal, los gestos involuntarios y las posiciones corporales de sus interlocutores, llegando a adivinar un poco sus estados de ánimo y sus emociones, especialmente los sentimientos que los interlocutores no quieren explicar con palabras. A mi me receptó como persona que ansiaba un poco de espacio privado y de silencio. Luego me requirió, o bien me ordenó comenzar a escribir.

No soy una persona mística. Nunca pienso mucho en supersticiones, pero sin embargo creo que en el mundo hay ciertas energías que circulan y que, a veces a través de unos hilos invisibles, estas energías nos manipulan. Allí, en mi corazón, con o sin la ayuda de una presunta sensibilidad visionaria, este chico había tocado una cuerda sensible.

Siempre me ha acompañado el deseo de escribir, pero ni siquiera a mi misma me lo había confesado. Cada vez que tenía ganas de escribir, surgieron en mi camino razones que me impidieron hacerlo, pretextos y causas independientes de mi voluntad, cosas que siempre me obligaron de posponer la puesta en práctica de mis planes. Mirando hacía atrás desde mi perspectiva actual, ya veo que hasta en aquel entonces el miedo de fracasar o de constatar que mi talento no era tan grande como lo imaginaba yo ha funcionado eficazmente como freno de mi creación.

Por consecuencia, el reproche del joven se clavó como una espina en mi alma. Recibí el golpe con dolor, pero a la vez me di cuenta que acababa de abrirse una pequeña ventana salvadora. ¡Podría ser que no solamente yo hubiera notado en mi el potencial de escritora? O sea que, de verdad, escribir sería mi naturaleza. Si era así, entonces ¡qué gran desperdicio de energía me había costado el acto de evitar la escritura hasta entonces!

Determinada a conocer más detalles acerca de este extraño adolescente, empecé a hacerle preguntas. Mi conducta de entonces me parece cómica hoy. Sometí al chico a un verdadero interrogatorio. Estaba curiosa de saber de dónde venía y dónde vivía este ser humano tan extraño. Yo me comportaba cómo el campesino que llega en la ciudad y ve por primera vez en su vida a un moro con piel casi negra. Perplejo, le pregunta de dónde viene. „De África”, le contesta el hombre. „Del Àfrica, me imagino, pero de dónde del Àfrica?”.Del Congo”. „Pero, de dónde del Congo?”. „Del Brazaville”.Pero, de que familia del Brazaville?”…  y así sucesivamente.

Sin embargo, durante el corto tiempo de nuestro encuentro, el chico me explicó que había nacido en Madrid, que había nacido practicamente sin paladar y que, a través de una serie de operaciones, unos buenos cirujanos consiguieron eliminar parcialmente su defecto.

Ironía de la vida, su padre era un conocido cantante español, un hombre predestinado a articularse por su voz. Descubrí con asombro, a través de un articulo de un periódico que llevaba con él, en el que señalaban su caso, que la letra de una de mis canciones favoritas, la canción „Mujer“, estaba escrita por su propio padre.

Es una canción muy conocida, pero durante muchos años a nadie se ocurrió buscar palabras para ella. Igual como la canción que se ha quedado en espera durante tantos años hasta cuando alguien pensó en expresarla en palabras, quizás mis textos se habrían quedado sin encontrar la letra, si aquel triste viernes no hubiera chocado con aquel chico.

La „receta” que me ordenó aquel vendedor ambulante funcionó. A partir de aquel momento, la escritura se convirtió en mi segunda naturaleza.

Pienso en él a menudo, porque su determinación de no darse por vencido me inspiró. El también había luchado para andar por su propio camino. Es difícil imaginar cómo, a pesar de su gran discapacidad, consiguió afirmarse frente a la competencia de los otros colegas, los “másvalidos”.

En nuestra área, este chico sigue ser apreciado como proveedor de un poderoso producto ecológico de limpieza universal, uno de los más vendidos, difundido hasta en los gabinetes médicos más pretenciosos (así que no eran aspiradoras lo que vendía).

Vuelvo a nuestra conversación de aquel viernes, porque fue muy corta, pero me costó mucho adivinar porque me había dejado tan perpleja. Mi misterioso interlocutor se marchó tan rápido como había aparecido, dejandome con un montón de preguntas. Recuerdo que ya había pasado la hora de cierre, pero yo seguía quedarme sentada frente a mi escritorio, sin apresurarme más en absoluto. Mi estado de tedio se había disfumado.

Mientras seguí arreglando mis pequenos trabajos en casa, me sentí ausente y pensativa. Más tarde traté de describir aquel extraño encuentro a mi marido, pero no pude explicarle el motivo de mi aturdimiento. El recuerdo que  me dejó aquel encuentro me marcó durante el entero fin de semana y me acompaña a partir de entonces cada vez cuando me apresuro de escribir algo.

A veces, cuando siento que se apodera de mi una vanidad hueca, tratando de hacerme escribir de una manera demasiado cargada, falsificada y exagerada, me aparece en la memoria la cara sonriente y un poco amonestante de aquel joven, más maduro que muchos adultos que conozco. Me insta a dejar las cosas simples, genuinas.

No me acuerdo nada de los clientes que hemos atendido en nuestra oficina en aquella semana, gente a veces importante para nuestro negocio. Solo hay uno que nunca voy a olvidar, el que me dejó este abrumador recuerdo, que contribuye tanto a lo que estoy ahora.

Cada mañana, cuando me levanto y trato de empezar un nuevo día, me compongo de nuevo, probando de quedar en armonía con mis deseos y con mi entorno, gracias a ese joven madrileño, cuyo nombre nunca supe.

Gabriela Căluțiu Sonnenberg

España 2011